a La joven leyendo de Jean-Honoré Fragonard, por Cecilia Harari







Querida Ana:
          Pienso que ese es tu nombre, aunque no estoy segura. Te vi por primera vez cuando era muy chica, probablemente tenía cinco o seis años. Mi papá me había regalado un juego de memotest de arte y una de las fichas eras vos. Una joven leyendo. Miro esa ficha ahora y lo que me encanta son los colores, las sombras, el vestido amarillo, el rodete imperfecto y el lazo púrpura. Pero cuando era chica lo que vi fue otra cosa. Me vi a mi misma. Una joven muy muy joven leyendo. Mi espalda no estaba tan recta como la tuya, mi pelo no estaba atado en un rodete y no tenía un vestido amarillo como el tuyo, pero igualmente, vos eras yo. Una nena que leía, y leía y leía, durante horas. De todas las fichas del memotest vos eras y sos todavía mi favorita, si otro te llevaba me enojaba internamente, aunque no decía nada, porque, claro, no podía pretender que el otro entienda que esa ficha no era una ficha, era yo, era mi mejor yo, mi yo que lee, mi yo que coloca un almohadón para que la espalda no duela, se hace un rodete para que el pelo no interrumpa ni moleste y lee, lee durante horas, con una mano sostiene el libro y con la otra acaricia el escritorio. Asi que, Ana, te escribo esta carta para que sepas que me puedo ver en vos y no solo eso sino que puedo ver lo mejor de mí en vos. Y me siento de nuevo una nena cuando pienso que me encantaría tener ese vestido amarillo.  

Cecilia







































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